
THE ROOM
A todos los que hayamos visto Room (Lenny Abrahamson, 2015) aún nos persiste la asfixia de la primera mitad de la película que nos mantenía aislados en una pequeña habitación viendo la vida pasar con la mayor normalidad y tensión posibles. Un efecto claustrofóbico que nos atrapa y sumerge en el universo que Joy ha inventado para su hijo Jack, quién nos narra cómo es el mundo cuando este solo comprende las dimensiones de una diminuta habitación.
La sencillez con la que Abrahamson nos va descubriendo las tensiones con las que viven estos dos personajes hasta el punto de normalizar todo el asunto es, sin duda, el gran fuerte del film que, con apenas tres personajes y una sola habitación, consigue hacer emoción e interés constante todo lo que ocurre durante la primera mitad del largometraje.
Los diálogos más que profundos, son ingeniosos; y la película más que técnica, es emoción. No podemos hablar de una gran fotografía ni ningún nivel técnico fuera de lo normal. Sin embargo, sí podemos hablar de que el conjunto transmite y nos lleva incluso a creernos toda la ficción que para Jack es realidad.
Hasta aquí la obra maestra: una hora entera de tensión en la que detalle a detalle descubrimos de qué va la peculiar situación de estos personajes. No obstante, la película decrece o, por lo menos, se vuelve más convencional en la segunda mitad del film. Con semejante arranque, probablemente perder el nivel era inevitable y, teniendo en cuenta el libro de Emma Donoghue (también guionista en esta producción) en el que está basada la película, no había otra manera de continuarla ya que así lo exige la historia.
Mientras que la primera mitad es cine en mayúsculas, la segunda es emoción barata y fácil si lo comparamos con la fuerza de la primera. Quizá en ese desequilibrio esté el único problema del film que, además, cuenta con dos interpretaciones sobresalientes que nos llegan incluso a hacer sentir sus enfados y desesperaciones como si estuviéramos en su propia piel: por un lado, Brie Larson -quien probablemente se haga con el Oscar a mejor actriz- y por el otro, Jacob Tremblay -el gran protagonista de la historia y a quien echamos de menos entre los nominados a pesar de su corta edad-.
En resumen, una película de la que no quiero decir mucho porque hay que descubrirla viéndola y que, sin duda, aun no siendo una de las más fuertes para hacerse con la estatuilla dado su nacionalidad irlandesa, sí es una de las de mayor calidad aunque sea únicamente por esa primera hora que muchos tardaremos tiempo en olvidar. No cuento más porque esta película ha de construirse pieza a pieza según la desenmascaramos y porque, como ya he dicho, el encanto no está en la técnica, sino en la emoción.
de Sandra del Olmo.
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